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Descubrimiento de la bahía de Portobelo

Continuando siempre el rumbo hacia el Este entró la escuadra el 2 de noviembre en un espléndido y cómodo puerto rodeado de una risueña y elevada comarca, con muchas casas que formaban en el fondo una ordenada población.

En sus inmediaciones alzábanse lozanos árboles frutales, palmas, maizales y sementeras, presentando aquel paraje el más bello aspecto.

Tanto agradaron a Colón la excelencia del puerto como la hermosura y fertilidad de las tierras del contorno, que dio al lugar el nombre de Porto-belo (Puerto bello), que ha conservado.

Siete días permaneció la escuadra en ese lugar, obligada a ello por lo inclemente del tiempo. Los indios de la comarca establecieron en ese lapso relaciones con los viajeros, llevando en sus piraguas a las naves, frutas, hortalizas y algodón hilado; pero el oro parecía escaso, pues sólo usaban prendas de este metal el cacique y reducido número de indios principales.

La escuadra en Bastimentos y en El Retrete

Con viento favorable salió la escuadra de Portobelo y alcanzó la punta denominada después de Nombre de Dios; pero a poco cambió el tiempo y tuvo que entrar de arribada en un puerto al cual se le llamó de Bastimentos por estar cultivados los terrenos de la costa e islas inmediatas de frutos y maizales.

Allí permaneció detenida por lo incesante de los temporales varios días que, dedicaron los marineros a reponer las averías de las naves.

Sin detenerse en un puerto llamado Güiga, navegó la escuadra hasta un pequeño pero profundo surgidero al cual se le dio el nombre de El Retrete.

Era precisamente el puerto del Escribano, que un año antes había señalado término al viaje de Bastidas. Al cabo de nueve días de reposo y luego de rechazar un ataque alevoso de los naturales, la escuadra se hizo a la mar, con rumbo siempre al Oriente; pero desconfiando ya el Almirante de encontrar el paso que buscaba, decidió poner proas a Veraguas, para explorar las afamadas minas de oro de esa región.